La colonia

Polanco no nació como colonia: nació como hacienda. En 1647 se fundó formalmente la Hacienda de San Juan de Dios de los Morales sobre tierras que un siglo antes habían pertenecido a Isabel de Moctezuma, hija del tlatoani Moctezuma Xocoyotzin. Por sus alfalfares acampó la caballada de Francisco Villa en 1914; hoy, restaurado, el casco de la hacienda opera como uno de los restaurantes más tradicionales de la ciudad.

El Polanco que caminamos hoy se trazó hasta finales de los años 30, cuando los desarrolladores Raúl Basurto y José G. de la Lama, ya exitosos con la Hipódromo y la Condesa, encargaron al arquitecto Enrique Aragón Echegaray una “ciudad jardín” al estilo anglosajón: camellones arbolados, jardines al frente de cada casa y el Parque Lincoln como corazón del trazo. Sus calles se bautizaron con los nombres de humanistas, científicos y escritores universales — Homero, Galileo, Newton, Julio Verne, Molière, Masaryk — un gesto de apertura cosmopolita poco común en la Ciudad de México de la posrevolución.

La Torre del Reloj que hoy es símbolo del barrio se levantó en 1937 en el extremo oriente del Parque Lincoln, obra del mismo Aragón Echegaray. Ahí, cada domingo, los vecinos siguen reuniéndose a ver navegar barcos a control remoto sobre los espejos de agua del parque — el mismo ritual de encuentro que le da nombre a este sitio.

Polanco también es historia de migración. Comunidades judías ashkenazitas y sefaradíes, familias españolas exiliadas de la Guerra Civil y familias libanesas encontraron aquí, a partir de los años 40 y 50, un lugar para echar raíces — para mediados de siglo, cerca de una quinta parte de la población judía de la ciudad vivía entre Polanco y la Condesa. Esa pluralidad sigue viva en sinagogas, comercios y una identidad de barrio que nunca fue homogénea.

Al norte del Polanco original, la zona fabril que albergó plantas de Chrysler, General Motors y la Vidriera Mexicana se transformó desde los 2000 en lo que hoy llamamos Nuevo Polanco: Plaza Carso, el Museo Soumaya y el Museo Jumex marcan la cara vertical y contemporánea de la colonia, en diálogo — no siempre cómodo — con el Polanco de escala humana que lo originó. Esa dualidad, Viejo y Nuevo Polanco, es hoy la identidad completa del barrio.

En el corazón de todo esto sigue Polanquito: el triángulo peatonal junto al Parque Lincoln donde hoy conviven cafés de especialidad, boutiques y algunos de los restaurantes más premiados de América Latina — Polanco concentra los dos únicos restaurantes con dos estrellas Michelin del país. Ese es el Polanco que este sitio documenta: el de la historia real, no el de postal.